El más grande de todos los tesoros de este mundo

Una antigua leyenda cuenta la historia de un hombre que dedicó su vida entera a la búsqueda de un tesoro mitológico que otorgaría a quien fuese capaz de encontrarlo, una vida prolífica y conocimientos sin límites.
Este hombre viajó por los confines del mundo conocido por entonces, y más allá incluso, hasta sitios en los que las cartas de esos días mostraban algo llamado “finis terrae”… Vivió una vida solitaria y privada de cualquier tipo de lujo o placer; trabajando en faenas esclavizantes e infrahumanas con la sola finalidad de conseguir su meta. Nunca se quedaba mucho tiempo en un mismo lugar y siempre viajaba ligero, sólo con lo escencial para pasar las horas que le tomaba ir de un sitio a otro… soportando todo tipo de inclemencias del tiempo y recorriendo trayectos interminables que lo llevaban a través de montañas o desiertos…
Cuando este hombre ya estaba cercano al final de sus días encontró un documento oculto que lo guió hasta un laberinto subterráneo bajo la ciudad de Bizancio, en el cual pasó tanto tiempo buscando entre sus oscuros pasadizos que ya había olvidado cuánto hacía que estaba allí… Había olvidado el sonido de las personas en los numerosos mercados y pueblos que visitó; ya no recordaba cómo era ser bañado por una suave lluvia, ni el abrazo terrible del sol en el desierto sin fin… Estaba atrapado en esa maraña de túneles oscuros, lejos de todas las maravillas del mundo que había conocido durante su búsqueda insaciable.
Ya con sus últimas fuerzas, observó un resplandor al final de un pasadizo y se lanzó sin pensarlo hacia esta luz; desbordante de alegría por saber que había alcanzado el final de sus días de miseria en este mundo y que estaba a punto de convertirse en el ser más poderoso que hubiera pisado la faz de la Tierra desde los días de la creación…
Allí, finalmente frente a sus ojos se encontraba el brillo cegador de todas las estrellas del firmamento, el objeto más hermoso jamás presenciado por ser alguno… Incluso pensó para sí, que muy probablemente este era el motivo por el cual se crearon todas las cosas de este mundo… Estaba frente a algo indescriptible para cualquier lenguaje humano y más allá de la comprensión para cualquiera.
Tan absorto estaba con lo que contemplaba ante sí y con las emociones que eataba teniendo de sólo imaginar las mil y una cosas que sabría y todo lo que podría hacer cuando alcanzara esa maravilla, que no reparó siquiera en que el suelo bajo sus pies se había transformado en una delgada lengua de roca sobre un oscuro abismo sin final… el cual muy probablemente llegaba hasta el centro mismo del planeta.
Caminaba preso por su objetivo deseado, cuando de pronto trastabilló en un borde y sintió que perdía el equilibrio y se precipitaría sin remedio a las profundidades que lo cercaban. Sólo después de un gran esfuerzo logró recuperar la estabilidad sobre el ínfimo pedazo de roca que le sostenía… Súbitamente notó sus manos enrojecidas, y luego el resto de su cuerpo y sus ropas humeando como leña húmeda en la hoguera… No podía creerlo, no podía ser verdad que al llegar frente a su anhelado tesoro, al que había dedicado su existencia y por el cual había vivido sin vivir todos sus años; este al fin le consumiese lentamente como una insignificante polilla que se abalanza hacia el fuego…
Algunas imágenes de su pasado vinieron a su mente… particularmente una que le recordó a la única mujer que atrapó su atención (y su corazón) durante sus veintes… aquella mujer de la cual nunca pudo olvidarse. Se acordó cómo en su compañía había tenido sueños diferentes al que lo había traído hasta allí… Experimentó en su interior nuevamente la felicidad que había sentido al besarla, esa hermosa locura de perderse en sus curvas y la alegría que sentía al verla sonreír… Y también se acordó del profundo dolor que le causó cuando decidió partir y dejarla sin siquiera decirle adiós (lo cual le dejó una herida abierta en su pecho)… Todo por su insaciable deseo de alcanzar su gloriosa meta… el más grande de todos los tesoros de este mundo.
Abrió sus ojos con doloroso esfuerzo y comprendió al verse consumido por el fuego, que había conseguido lo que buscó durante toda su vida… sólo para descubrir que no le estaba permitido alcanzarlo, que no era algo que pudiese ser tomado por hombre alguno…
En los últimos segundos de aquella triste existencia, aquel hombre sonrió para sí al entender claramente que el mayor de los tesoros no era algo tangible que podía sostener en sus manos, era el saber reconocer cuando el destino nos muestra el camino que debemos seguir… y cuando debemos detenernos…
También pudo ver que la única inmortalidad permitida a los hombres estaba en la prolongación de sus vidas a través de sus hijos…
Pronto las cenizas se esparcieron en el viento y el silencio de aquel lugar continuó para siempre…

Una vela hacia Dios, otra hacia el diablo

Aquel hombre deció de caballo en frente a la iglesia. Estaba con mucho sudor, cansado y cubierto de pollera de estrada. Amarró el caballo en el árbol más próxima como también los seises mulas que trazia consigo. Cada animal cargaba un tipo de material: mantenimientos, ropas, productos del hogar, bojigangas.
No vendera mucha cosa pero el bastante hacía llegar al lugar donde residía o en una ciudad que le ofrece más conforto. Sintió al mirar, por los arredores que estaba perdido y en aquellos parajes jamás colocara los pies.
Pero como en todo lugar una iglesia era el referencial, podría por ella ser guiado, miró muchas personas que entraban por la puerta principal y prácticamente todos de velas en la manos como se fuese una procesión.
Así profirió a una crianza que pasaba al lado el porqué de todo aquel acto.
– ¡Finados!
Batió en la testa con la mano espalmada en un gesto de olvide. Por la distancia de su morada no daría tiempo hacía ascender velas hacía sus muertos. Entonces por bien siguió todos entrando también en la iglesia ascender algunas hacía los santos y orar media duzia de ave-marías. Aliviaría así el peso de la conciencia. En el medio de la multitud misturase y casi ninguna persona notó que ello era un forastero, un vendedor ambulante perdido por el sertón.
Ya dentro de la iglesia sintiese extraño. Una dormencia por el cuerpo, voluntad de provocar, quizás por la fadiga y por el local entumecido de personas. Procuró averiguar se algo de anormal estampabas en los semblantes de los que estaban allí mas no notó nada. El que miró fue varias imágenes de santos. Tantas que nunca vira en la vida pero acreditaba ser las mismas que se “espaciaban” por las iglesias de todos los lugares.
Además no era mucho de frecuentar cultos, misas y ni de rezar bastante. Rezaba el necesario hacía que la alma se aliviase, se nutriese. No possuya devoción hacía un santo en particular. El primero que le surgiese en la frente en lugares santos u en cruces en las márgenes de estradas balbuceaba una oración cualquiera, como naturalmente, sin espirito religioso alguno, sin aprofundamiento.
No era diferente en aquella iglesia perdida en los matos del sertón. Percibió que era un templo simples con bancos de maderas rústicas, puertas enormes, altar en el fundo y sin brillo. Una puerta cerraba la sacristía pero por las frestas de ella salían morciegos de donde no se vían, gruñido por arriba de las cabezas de los devotos, en un vaivén infernal.
El que percebe en las personas fue la indiferencia pues nieguen se incomodaba con los vuelos rasantes de los noctívagos. La impresión que se observaba era de costumbre en relación aquellos animales desagradables y perturbadores. Hacía ello era un malo sígnale. Ya ouvira hablar sobre aquellos animales que chupaban sangré de los vivos con apariencia de ratones y los locales donde dormían eran de otro mundo.
En eso instante recuerda el porqué de estar allí de un lugar que nunca andara pero de ares extraños de personas extrañas, de un pueblo que no hablaba a las claras, solamente escuchaba balbuces, palabras y oraciones ininteligibles.
En el caminar de velas en las manos, de un lado hacía otro en busca de la luce y así ofrecer a los santos, advenido en la mente un recuerdo de un casebre en la bifurcación del camino y ofreció sus mercaderías a la una bisabuela y su biznieta, una linda morena. Reparó en ella por ademáis, al punto de olvidar del tiempo, de los valores a cobrar y pensó que perdió algunos ítems de las mercaderías. Por un instante perdió la noción del tiempo por tamaña hermosidad de mujer. Sembró que deseara aquella chica, pero no sembró que tomó el rumo errado y aquel estrecho camino nunca vira en sus andanzas por tales bandas.
Proseguí camino, no con los propios ojos pero con los da chica, involucrado por la magia de sus pupilas, por los gestos sígnelos de sus manos, por los enlevos de sus cabellos y por el balancear de garza de las sus ancas y pernas. Sólo dándose cuenta de la realidad cuando frenó el caballo de frente a la iglesia.
Una nube fue dispersa de sus vistas. En el medio de aquella multitud por fin depositó las velas en cada imagen. Imágenes de madera, de yeso, algunas dependuradas en cuadros y una extraña y isolada en un canto.
Cuando llegó en esta última ofrecidas todas las velas y por bien concluí que no era cierto déjalos todos sin alguna.
Observando que ningún devoto a la ella ofreció luce y ni oración. Percibió que ojos automáticos volverán se en su dirección con ares incrédulos. No tomó esto como una adversidad y trató luego de reparar su error.
Del santo más próximo substrajo una vela entre las mayores y ofreció a los pies de aquella isolada, triste y despresada imagen. Persígnese tres veces, bajando la cabeza y una oración salió en jorro, de modo mental, oración que había aprendido en el catecismo y que su madre tan devotamente cansarle la mente repetidas veces.
Cuando en la puerta de la iglesia colocó los pies hacía de la iglesia salir, sintió aliviado y feliz, sintió que la su alma estremeció dentro del pecho. Dos pequeñas y duras lágrimas brotaran de los ojos.
Luego fueron, con el dorso de la mano y piensa alto: hombre que es hombre no chora así por nada.
Miró las mulas, la pequeña venda de margen de estrada y hacía el mismo rumó. Pedió un trago de cachaza, después otra y más otra. Luego embriagado, más mismo así conciente. Pagó con el único dinero trocado que cargaba en el aljibero.
Percibido que las personas en vuelta miraban hacía ello de forma hostil pero hacía eso dispensó cualquier presentación. Por bien siegue su camino, a pesar de cedo, no desea pernoctar junto aquel local extraño. Pegó las mulas y antes de montar percebe un niño ya conocido y ello el mismo indagó:
– ¿Ir hacía otro lugarejo más próximo, cual estrada debo tomar?
– La da izquierda – gritó el chiquito a correr sin se detener y ni averiguar mucho el interpelado.
El vendedor ambulante montó en su caballo. Ajustó las cuerdas de las mulas, esporeó más un de los animales y cuando se dio cuenta estaba realmente delante de dos estradas. Recuerdó de aquella primera en que vio la pequeña casa de la vieja y su biznieta y tomara la estrada de la derecha.
Mantuviese pensativo. Un cachorro había ladrido, el barullo alertó y tiró el mismo de la situación letárgica.
El caballo tomó a la iniciativa de guíalo por la estrada de a izquierda. No miró hacía detrás pero notó que no había más gente por los terreros de la iglesia, de la venda y el chiquito desaparecera por una vereda. Siguió viaje con todo aprehensivo. En la mente algo importuna balo y no sabía el que era: quien sabe el medo de ser hurtado, de una tocaya a su espera en la próxima curva del camino. En esto instante pensó en Dios en la buena accione de conceder velas hacía los santos y los muertos.
Viajó mucho y en la proporción en que las horas avanzaban, a los pocos olvidando del lugar, de los probables bandidos y sintió voluntad de alimento.

En la estrada en que cabalgaba ningún sígnale de casa, de venda, de un ser vivo a no ser preás que cruzaban el camino en disparada, lagartija subiendo en árboles, farfullar de hojas secas en los matos. El horizonte era espejo en las aguas de una presa a la su izquierda, confundiéndose a el agua y el cielo. El escarlata de los rayos de sole, las nubes densas cor de fuego brillaba en el espejo del agua y dejaba un colorido maestoso al riesgo imaginario del horizonte. El viajante respiró fondo y sintió en las narinas el olor dulce de las flores silvestres, de las hojas verdes y largas de eucaliptos.
“En minutos”, pensó, “La oscuridad de la noche llegará y preciso de un lugar hacía se alimentar y donde reposar la cabeza”.
Antes entonces de la curva del camino, avistó una pequeña casa a derecha. Almendrada donde en la frente era visto un terrero bien barrido, gallinas libres en las proximidades. Una morada bonita y calma. Dirigidse hacía allí. Apease, camina lento y en la boca sentía un gusto de agua que iría tomar y de alguna cosa que comería.
-¡De casa!
Las palmas al eco fueran hacía el interior de la casa y luego escucho pasos. Vio una cara avanzar a pasos paulatinos y luego una señora, vestida en trajes simples, asomó a la puerta con los cabellos en desaliñó y sin sonrisa.
– Señora, discúlpeme por el avanzar de la hora, pero ha mucho tiempo que viajo y estoy con sede y hambre. Pago por todo que la señora ofrecerme. Tengo dinero.
La mujer de aproximadamente cuarenta años, de gestos largos, de alvura en la pele, miró hacía el viajante, miró más hacía los animales dejados amarrados en la cancela que dividía el terreno de la casa y dice:
-Agua tengo su desconocido pero por ella no le cobro nada. Comida no tengo porque la refección de la noche ya fue servida y nada sobró.
– ¿La señora no ten por el menos ovos de gallina?
La mujer mantuviese pensativa como se buscase en la mente y en una vastitud de segundos las jerarquías de sus gallinas chocas.
– Si, tengo.
– Vende a la mi seises cozidos, por favor.
El viajante rumo hacía el árbol indicado que fichaba junto a la cancela y en la raíz de la misma que servia de banco, sientose esperando el agua y los ovos. No demora mucho, el tiempo necesario de cocinar los mismos y el jantar fue servido.
Alimentase con una voluntad estonteante y el hambre fue saciada. La mujer en el tanto presencia todo distante. Contempló el viajante comendo los ovos, callada y pensativa. El viajante no percibió un sonrisa en los labios de la mujer y pensó consigo de la probabilidad de ella estar temerosa por su presencia y decierto, loca hacía que ello seguidse viaje.
Terminó la refección. Bebió agua y certificase del pagamiento. Del aljibero sáltale las manos un dinero bien pomposo. La mujer creció los ojos ante las notas del viajante, el precio de seises ovos fue una cuantía compatible con el mercado.
Mantuviese contenida a pesar del valor y dice no tener trocó. Mantuvieran se imaginando un medio de ambos sientirien se aliviados de sus funciones. Pero como ello era un viajante, negociante experiente, y con una idea fue resorbido:
– Coloco mí asignatura en un papel, abajo del valor y en la próxima vez que por aquí pasar, pago usted con precisión.
La idea fue acepta sin ningún empiecillo. En el papel el viajante escribió: Joca Assunção. La mujer aún grata diciendo que se quisiese dormir por allí, su Joca, había como extender en la árbol una red y la pernoctar.

Joca agradeció de inmediato y se afastó hacía el su lugar. En el árbol extendió la red, tiró el material de los animales hacía que los mismos descansasen. Al paso que decía las sus mercaderías, pensó en pagar su deuda con un objeto de sus vendas pero desistió por analizar decidió que no ya que por aquellas bandas nunca más pasaría un día.
El que eran media ducia de ovos cosidos, se no una caridad hacía un viajante faminto, perdido en el fin del mundo.
Antes mismo del día amanecer el viajante Joca ya en el camino pujaba sus mulas en la rapidez de salir de aquello lugar y en otras parajes comer y beber y volver hacía casa.
Los vientos uivaban, las lluvias vieran fuertes, las flores salieran libres y perfumadas y las hojas caerán una a una casi infinito numero en que los más olvidados y indiferentes ni notaran todo eso metabolismo del tiempo y sus horas.
Joca Assunção en sus andanzas y viajes y vendas y cobranzas se vio, novamente, en la bifurcación de la estrada en que estaban la bisabuela y su bisneta. Por las estaciones del año, verano, invierno, otoño y primavera transformaran la menina en una joven perfecta. Su Joca perdiese en el mar calmo de los ojos de miele de la morena irresistible.
En eso día pernoctó por los arreadores, perdió buena parte de la mercadería, entregase entonces al desvarío de la carne y pasión como se el mundo no existiese, la su familia nunca desconfiase y que el corazón acelerase tanto al punto de querer salir por la boca.
Y cuando tuve que partir dejó la chica con sonrisas en los labios e el corazón allí. Era preciso ir embora. Por eso mismo tomó la estrada errada y novamente se vio diante de la iglesia y de los moradores extraños pero de esa vez no quise apearse y pasó al longo, sin embargo antes persignase adelante, y mira de frente una gran puerta que se encontraba cerrada.
Caballo y caballero y mulas seguirán por la izquierda en pasos cadenciados ahora sin rapidez como de la primera vez y sin aquel ardor en el pecho y la mente libre pero con bastante pecado más do que nunca. Se antes de la mente no salía aquel pueblo extraño ahora en ella residía la imagen de la neta, de sus cariños, de sus amores, de sus ojos brillantes y cor de miele.
Morava el pecado de la carne, sin velas y sin oraciones hacía amainar los horrores de la traición pero nutria en si la desconfianza de que la carne era fraca y el espirito necesitaba ser fuerte. Como fuerte tendría que ser al estancar en la frente de la casa de la mujer de los ovos cosidos. Novamente aquel tapa en la testa con la mano espalmada, en el gesto de escocimiento, del recuerdo de la deuda. Eso hacia un año pero estaba allí hacía pagar y se preciso fuese bebería de más agua y devoraría más media ducia de ovos. Pero no estaba con sede y ni con hambre porque la chica-neta le saciara por entero.
Apease, amarró el caballo y las mulas y fue bater palmas en el mismo lugar de la primera vez. Y aquel espacio de tiempo entre el resonar de las palmas y el echar de los sonidos de zapatos de dedo en el suelo, así Joca Asunção sintió el mismo presentimiento de algo malo cuando estuve en la iglesia al ascender velas hacía todos aquellos santos y aquel último disperso.
La mujer surgió en la solera de la puerta, sin sonrisas y sin un aire de espanto o admiración. Parecía hacía Joca que ella estaba a la su espera en esto tiempo todo.
-¿Cuánto tiempo no, señora? – Expresase Joca sin mucho jeito – yo vine pagar le aquella pequeña deuda, ¿recuerda? Seises ovos…

– ¿Recuerdo, como no? – Dice la señora de ceño normal sin ninguna alteración como de la primera vez – el señor espere un momento que iré buscar el papel.
– Espero. La señora esperó un año, ¿Cómo no puedo esperar algunos minutos? – Joca dio una rizada tímida y las sus últimas palabras la mujer quizás no tivesse escuchado porque ya estaba en el interior de la casa.
La mujer presentó la deuda al experiente vendedor y esto al ver el somatorio tuve que se segurar en un tronco de árbol que demarcaba la entrada principal de la casa.
– ¿El que es eso mía señora? – Joca se alarmó.
– Su deuda señor. Los seis ovos que fueron comidos un ano atrás.
– Pero eso valor es un absurdo. Yo comí solamente seises ovos y no un gallinero entero.
– Tengo certeza que el señor comió todos ellos pues veamos en nuestros cálculos. De un ovo nacería una gallina o un pinto. En los cincuentas por ciento de probabilidad, una gallina al cruzar con un gallo, colocaría aproximadamente diece ovos y de los diece ovos por el menos cinco gallinas que al se multiplicar daría unos cincuenta ovos. Eso en un intervalo de menos de un año señor Joca Asunção. Entonces, multiplicado esos números por seises… ¿El señor llegará al resultado?
Joca Asunção coció la cabeza y en ella no vino una respuesta de primera y el sentimiento de que algo de errado el esperaba, allí pairó como un rayo. Calculó la deuda y el que había en el aljibero no daba hacía saldala. Calculó también los objetos y por más que infraccionase los valores, también no daba.
– ¡No tengo esa cuantía toda mía señora!
– Pero el señor ten todos esos objetos.
– Por los míos cálculos no ha como pagar.
– ¿Calculó las mulas también?
Joca Asunção entró en estado de desespero. Perder los objetos y las mulas era demás. Como seises ovos viraran un pesadlo y el fin de los negocios. La mujer traz el mismo de vuelta a realidad con la misma voce de siempre:
– Te doy veinte y cuatro horas hacía el señor decidir. Sé que hacía el señor es difícil contratar un abogado por esas bandas pero estea mañana en el poblado aquel en que acaba en el bater del medio-día. Estaremos allí en frente del delegado y ello será el juez.
Antes mismo de Joca dicer que sí, la mujer desapareció en el interior de la casa sin ningún embargo. Restaba al viajante pernoctar por allí mismo pero rejetó la árbol en que dormira anteriormente. Prefirió la margen de la estrada y allí mismo extendió su red pero no consiguió cerrar los ojos mismo aún siendo día donde los rayos de sole rojos y terribles invadían la copa de la árbol.
No vislumbraba posibilidad de hacer hacía no perder los sus perteneces y continuó tolo con los seises ovos que fueron bastante indigestos. Fugar por la madrugada sería la salida pero el miedo de ser perseguido por el delegado tomó cuento de ello, y aquella gente extraña también ponderó ello. Imaginó como fue caer en esa armadilla sólo mismo involucro por el malo áurea de aquella gente, imaginando también que la bisabuela y biznieta estaban por tras de todo eso desviando su rumo, su índole, conduciéndolo por el camino tortuoso.
Mergullado en aguas turbias a la procura descubrir el porqué de todo aquello, recostado en la red se balanceando avistó con los ojos una nube de pollera, vislumbró casi al mismo tiempo la sombra de un caballero venido por el camino en su dirección. Pensó ser el delegado hacía entregar le carta del destierro, luego su miedo encontró el mismo; pensó ser el esposo de la egoísta mujer; pensó ser el mundo de gente en busca de húrtalo los sus únicos perteneces. Pensó en todo. Y la pollera llegaba en una velocidad estonteante envolviendo las copas de árboles, tragando el aire en una nube que encubría todo espacio del camino ínfimo. Pensó en nada cuando el caballero paró el caballo bruscamente y la pollera invadió todos los sus sentidos.
Vio en su frente un hombre alto vestido todo de blanco, montado en un caballo soberbio al resfolegar de la fadiga, esburracando el suelo con sus fuertes patas. Nunca había visto viva alma y prefirió no pensar cual era la identidad de aquel desconocido.
-¿El que le aflige señor? – preguntó el desconocido, maestoso arriba del caballo. Sus ojos eran de fuego, sus cabellos negros dejaban mostrarse por cima del impecable sombrero.
-¿Como puedo dicer la usted? El que necesito ahora es de un bueno abogado – Jocá Asunção narró su historia con cierto aspecto intrigado y prolijo en busca de mirar en los ojos del desconocido, procurando recuerdar en la memoria por querer descubrir donde había encontrado y visto aquel hombre.
-¿Quieres mía ayuda?
– ¿El señor es abogado?
– Puedo ver – el hombre hablaba aún arriba del caballo y esto inquieto soltaba por las ventas jatos de aire y se “espumaba” por los cantos de la boca.
– No se incomode – continuó el desconocido – mañana medio-día estaré con usted hacía le defender.
Pujó las rédelas del caballo, esporeó el animal y hacía Joca Asunção, el caballo no corría pero volaba de vuelta de donde había venido. Dejando otra nube de pollera.
Intrigado estuve observando la pollera se disipar y el hombre desaparece en la curva. Hacía tras dejó Joca con una pulga atrás de la oreja, desconfiado y incrédulo de que había alguien en aquel fin del mundo, como alguien quisieras salvar a ello.
La noche llegó y en el comienzo del día siguiente no recuerdote del que había sueñado pero la expresión de los ojos de fuego del hombre no salía de su mente, y el gusto amargo en la boca enojó las vísceras. Arrumó las sus cosas y fue hacía el lugarejo y luego se dio cuenta de que estaba en frente la iglesia y las puertas “escacharradas” y con pocos fieles. Entró no como de la primera vez pero con mayor fervor y una fe atropellada por la necesidad de última hora. Miró los santos un por un y no vio el último, a quien ofertara una vela hurtada. Quise cuestionar a los que se encontraban allí sobre la ausencia del santo pero desistió.
Quizás lo tiraran hacía llevar hacía otra iglesia o quien sabe ni allí nunca estuve.
Permaneció orando por un largo tiempo pero sin saber al cierto el que dicia, el que pensar, el que hacer caso llegase a perder sus negocios. Entre ave-marías y padres-nuestros misturaba pensamientos entre la mujer de los ovos, la imágenes reconfortantes de la biznieta y de los ojos de fuego del desconocido. Hasta el niño atravesó las sus oraciones en una formación imaginaria longiqua.
Salió del templo con el espirito renovado pero sin ninguna certeza de que ganaría la batalla con la mujer de los ovos. Antes de ir al encontro con la mujer y el abogado paró en la venda, tomó dos cachazas no se olvidando de antes respingar gotas hacía los santos.
Fue hasta la delegacía y antes de llegar avistó distante un ínfimo movimiento de personas. Decierto ya sabían del ocurrido y también de que todos eran a favor de la mujer. Entró sin que alguien incomodase el mismo y ni profirió u recibió una palabra. Deparase con la mujer, el su abogado y el delegado. Tres pares de ojos que le fusilaban con sus expresiones indeseables.
– ¿Dónde esta su abogado?
– Está llegando.
– Ten apenas cinco minutos hacía el medio-día y sólo daremos más cinco de tolerancia. Caso ello no venga, daremos por concluido el caso y el señor tendrá de quitar su deuda.
– Ello debe saber porqué está aquí – interpeló el delegado.
– Sí – Joca no possuya tantos argumentos. Estaba perdido frente a los tres intolerables.
Ningún de ellos habló más nada. Mantuvieran así mudos un mirando hacía el otro y los punteros del reloj caminaban hacía el fin del plazo, el vendedor en medio a todo eso sentía escalofríos y de vez en cuando miraba hacía la puerta principal. El tic-tac del reloj invadía el silencio y al clima pesado de la sala mezclabase. Donde estaba el abogado era la pregunta intermitente que Joca hacia a si mismo.
El reloj inició su bater de las doce horas y el estomago de Joca embrollase en un nervoso, casi incontrolable vomitar, a pesar de ser apenas una voluntad causada por el pavor que sentía en el presente momento. Imaginó perder las mulas y su negocio ir por el agua abajo. Imaginó encarar la niña sin nada en las manos y la pobreza de su familia.
Los tres entre-miraran-se y abrirán los labios en un sonrisa de gloria más que calculada.
– Sólo cinco minutos su Joca – sentenció el delegado. La mujer por la primera vez sonrío y su Joca balanceó la cabeza en una afirmativa y sus ojos marearan se.
Pensó en dar por perdida aquella causa u mismo levantarse dicer algunos improperios y mandar todos hacía los diablos que los carguen. ¿Pero pensó donde se enfiló aquel abogado imprestable?
La puerta principal se abrió y un viento de los infiernos invadió el ambiente junto con el hombre de blanco. Esto pisaba firme en la dirección de los cuatros y los tres archienemigos miraban hacía ello con los ojos de perros y se preguntaban de donde tendría salido aquel sujeto.
El hombre de blanco no trazía nada en las manos, ninguna pista, pero en el bolso del paletó sobresalía una vela de pavio quemando y antes que alguno de ellos hablase. Tiró del bolso la vela y ascendió la misma y plantó la arriba de la mesa y habló en una voce firme y decidida.
– Antes de cualquier cosa, una luce hacía iluminar las ideas y vamos al que interesa.
– ¿Por qué el señor demoró tanto? Por segundos y su cliente casi perdí el caso.
– Delegado – dice el desconocido – yo tardo pero no dejó míos clientes en la mano.
Pero ha un motivo de mí demora y ten la ver con todo eso.
– Pues no alongué su explicación.
– Pasé la noche toda cocinando habas y maíz y por la mañana anduve a sembrar por los campos hacía la colleta de esto año.
– Pero – dice el abogado archienemigo, sonriente – nunca observé semientes cocinadas y de ellas nacer frutos.
– Como también nunca constaté ovos cocidos nacer pollos jóvenes. Arremato el hombre de blanco, y no dejó la sentencia Del delegado ser pronunciada pues tomo de los brazos de su cliente y el llevó embora por la puerta principal. La luce de la vela se apago por el sopro Del viento venido de la ventana lateral.

Las flores celestes

En nuestro mundo, Satanás es el más malvado de todos pues tal parece que
no sabe amar y que disfruta haciendo trampas para que los ingenuos humanos
caigamos.
Sin embargo, recientes investigaciones muestran que el diablo vivió y
padeció penas de amor muy profundas y que marcaron su vida para siempre.

El Dr. Tatoratotí nos cuenta que en un bosque cerca de Sayausí existía un
hermoso campo de flores celestes y un aroma exquisito, quizá el más bello
y delicioso de entre las plantas, que rodeaban un pequeño, casi diminuto
hoyo con agua rosada que burbujeaba como los fuegos artificiales en el
cielo. En ese hoyo vivía un pez arco iris muy agraciado que daba aún más
misterio a ese lugar ya que pasaban 10, 20, 100, mil años y no moría,
tampoco envejecía. Este campo de flores estaba en medio de un bosque
demasiado tupido y apretado que los nativos no podían atravesarlo, siempre
fracasaban en su intento. La gente pueblerina dice que a través de los
árboles sobresalía una luz tan brillante y hermosa que les asustaba, era
tan intrigante esa luz que hasta el mismo demonio se vio tentado a
investigar y después de meses, trampas y sufrimiento logró atravesar el
bosque. Lo que vio le conmovió tanto que estaba dispuesto a renunciar al
infierno y ganarse el cielo.

Atravesó el campo de flores celestes y vio que el hoyo crecía y crecía
hasta convertirse en una laguna de espuma de colores y vio salir del
solitario pez una criatura demasiado divina que no tuvo más opción que
hacer una oración y agradecer, aquella doncella lo cautivó. Intentó
alcanzar unas pequeñas flores pero se arrepintió, pensó que eran muy poca
cosa para ella así que se le acercó y por primera vez tuvo miedo, en aquel
rostro dorado encontró unos ojos azules tan profundos que ni el mismo cielo
los igualaría, pero esos ojos estaban llenos de lluvia, veían con tristeza
y reproche y Satanás intentó alegrarla pero no pudo, así que se puso a
llorar con ella, tanto lloró que por poco pierde su rabo y su pelo pero se
calmó cuando vio una sonrisa de arco iris en su rostro y el cielo bailó,
cantó y gozó. Satanás quedó tan enamorado de ella que le ofreció el
mundo, el sol, el viento, los diamantes y hasta la propia luz encerrada en
una botella de cristal, pero ninguno de estos objetos agradaron a la
doncella, lo único que hacían era ofenderla más. Satanás quería
escuchar su voz pero ella nunca habló, y nunca más volvió a sonreír para
él. Tres años Satanás intentó conquistarla, a las buenas, a las malas,
con llanto, con sonrisas, con enojos y serenos, nada, nada funcionaba.
Pensó que quizá no lo quería porque él era Satanás y era malo, horrible
y apestoso. Decidido a conquistarla se bañó, se compró un traje de gala,
se hizo la barba y el pelo y hasta dejó de reclutar almas al infierno pero
nada consiguió. Había podido resolver tantos crucigramas pero no pudo
encontrar respuesta para este que quería resolver con todo su corazón. Se
dio cuenta que su lucha estaba perdida, ya ni orar a Dios serviría, ya ni
regresar al infierno valdría. El último día antes de su renuncia fue a
despedirse de la doncella que ya no era doncella sino pez, pero ya no estaba
sola, tras de sí un millón de pececitos nadaban, la doncella sabía que
pronto desaparecería y que su hija, la única sobreviviente, mantendría
la tradición de la laguna seca, la magia y el hechizo.

El diablo se enfureció tanto al no haber conseguido su propósito que
quemó el bosque, las flores, y la laguna también pues a medida que
avanzaba el fuego el agua se iba consumiendo hasta evaporarse. La doncella
desapareció y la pececita sobrevivió debajo de la tierra, en un pozo
subterráneo. Pero algo curioso pasó, las flores no sufrieron ningún
daño, Satanás no lo notó y se juró a sí mismo jamás enamorarse y ser
más malo.

Con el tiempo, el mundo se ha convertido en lo que es hoy, pero Satanás
sigue ignorando que lo único que hubiese conquistado a la doncella era una
flor celeste de aquellas. Satanás por demostrar su poder despreció las
cosas más sencillas. ¡Qué ironía! Se le dio a Satanás la oportunidad de
ser un héroe y la perdió por olvidarse de las cosas simples de la vida.

La laguna del árbol

En el Cajas, existía un árbol que había crecido en medio de la más grande y profunda laguna. Nadie se explicaba cómo, pero todo en torno a él era un verdadero misterio.
Decían los más antiguos que ese árbol nació allí para ser lecho de muerte de un muchacho que a su tiempo sabría llegar allí y morir. El árbol que parecía ser de nogal brillaba todas las noches con un azul intenso. ¡Era tan admirable y tan enternecedor aquel paisaje! Sin embargo la gente tenía miedo porque estaban convencidos que entre sus raíces vivía un animal que nadie podía definir su forma ya que aquel espejismo no era más que el reflejo de sus temores más profundos y esa fue el arma más eficaz que el árbol encontró para defenderse.

Esa laguna era la más abandonada de todas porque nadie se atrevía a visitarla, pero la laguna del árbol tenía su leyenda y era regada entre la gente que la rodeaba. La leyenda contaba que una noche después de cientos de años, cuando la laguna estaba ya casi olvidada una pareja de amantes subió a la montaña que cubría a la laguna y se quedaron extasiados ante la visión y el deleite que emanaba el árbol.
Se sintieron más enamorados que antes, ellos estaban disfrutando de su luna de miel y querían estar completamente solos, sin casas, sin gente, sin miradas curiosas. Aquel lugar era el ideal y se emborracharon de las estrellas y se alimentaron de la luna, juntos descubrieron el regalo más maravilloso del hombre, se envolvieron en la sábana del placer y consumaron el acto de amor más bello del universo. Fueron un solo cuerpo, una sola carne, una sola voz…

La noche pasó, la mujer fue tragada por la tierra, el hombre no la sintió.

Apareció el sol con sus rayos débiles en medio del páramo, amaneció el hombre, solo.

Una interminable huella en la tierra lo condujeron hacia la laguna, él la vio, era una sirena su esposa y sonrió. Se sumergió en aquellas aguas heladas y siguió el brillo de la sirena, llegó hasta las raíces del árbol y encontró un cofre. Pensó que quizá aquello era lo que hacía brillar de esa manera al árbol, lo cogió y lo abrió. No encontró un tesoro, tampoco una luz misteriosa, y mucho menos golosinas ni fantasmas. Encontró dos bebes entrelazados, abrazados en aquel cofre que hacía las veces de vientre y mamá. No lo comprendió, pero su corazón le decía que eran sus hijos; intentó tocarlos pero no pudo porque el cofre se cerró con tanta fuerza y para siempre. El hombre sintió que un torbellino lo absorbía, lo arrastraba, lo chupaba… Las raíces del árbol se quebraron pero el hombre trepó hacia las ramas, hombre y árbol fueron sepultados por la laguna que celosa por el amor no pudo dar vida a esas vidas que engendraban en ella y las mató y las echó al olvido.

De pronto todo en el pueblo fue oscuridad, el cielo ya no brilló más y los habitantes asomaron la cara por la ventana observando lo que no podían observar. Repentinamente se escuchó un boom intenso que resonó en los corazones de aquella gente. Se estaba produciendo una erupción. Por primera vez en la historia del mundo no erupcionaba un volcán sino una laguna. Era la forma de llorar de aquella cosa que quiso ser madre y no pudo.

La laguna del árbol se convirtió en volcán.

El último dinosaurio

El último de una gran raza, aniquilada por los superficiales miedos que azotan la mente humana. Escondido de los ojos ajenos en una oscura caverna de las bajas cumbres, ve pasar los años con desgana, esperando que llegue su hora.
Ni siquiera EL recuerda ya su nombre. El ultimo animal fabuloso que queda en estas tierras. El único retazo de sortilegio que consiguió sobrevivir a la evolución del hombre.
Sus ojos, tan agrestes y violentos en otro tiempo, ahora solo destilan tristeza y pena por los recuerdos de un conocido pasado.
Su afilada piel, antes protegida por sus terribles colmillos, ahora se hurgue hacia el firmamento estropeado mientras recuerda sus presas capturadas.
Sus garras, antes grandes y afiladas, ahora están desgastadas y ennegrecidas por grade y fuerte cuerpo se ha quedado casi inmovilizado poco a poco, sirviéndole solo para posar molestos insectos.
Solo le queda una triste esperanza. Mira hacia arriba y deja que la luna limpie sus cansados ojos mientras que su corazón lanza una plegaria a los dioses por los hombres olvidados.
Una criatura añeja atrapada en una época que no es la suya, viendo como el mundo cambia a cada instante.
Pero su sufrimiento, su pena, rápido llegara a su fin ya que los ancestros se apiadaran de su ser, proveerán fin a esa existencia de penas y premiaran a su fuerza dejándole entrar en sus eternos jardines, donde su cuerpo volverá a ser poderoso y sus cuernos resplandecerán como hace tiempo.

Un Nuevo Destino

El escritorio tenía un aspecto caótico, montones de hojas manuscritas y fotografías se entremezclaban sobre la tapa de cuero que cubría la superficie de la mesa de caoba. Ovidio, acomodado en una silla giratoria, observaba con detenimiento unas fotografías de Paseo de Gracia que él mismo había tomado unos días atrás a diferentes horas del día. Sus pequeños e incisivos ojos escrutaban a través de los cristales de sus gafas sin montura las imágenes del popular paseo y con su pluma anotaba una precisa y detallada descripción de lo que veía en ellas. Después de tomar notas durante más de una hora, se puso en pie y se quedó mirando en silencio y largamente una hoja de grandes dimensiones que tenía colgada en el corcho de la pared del despacho en la que se mostraba un esquema de los diferentes personajes que participaban en la nueva novela que estaba escribiendo.
–Ovidio, es tarde y tienes que ir a la librería ¿Te acuerdas? –preguntó Clara, su esposa, abriendo la puerta del despacho y fijando su mirada terca y brillante sobre el escritor.
El marido apartó la vista del esquema y se aproximó a la mujer tomándola de la cintura besando sus cálidos labios.
–Ovidio… vas a llegar tarde y tienes que irte ya, no te comportes como un chiquillo –añadió pausadamente Clara, mirando fijamente los menudos ojos del marido.
–¿Me estás diciendo que beso como un chiquillo? –preguntó el marido con pícara sonrisa.
Clara tomó la mano de Ovidio en silencio, salieron del despacho y entraron en la habitación de matrimonio.
–Esto me gusta más –dijo el escritor al comprobar que Clara le desabrochaba los pantalones.
–No digas nada y déjate hacer –apuntó la mujer, empujándolo y haciéndolo caer sobre la cama–, no te muevas.
Clara empezó a desnudarlo pacientemente, besándole los labios por cada prenda que le iba quitando. Ovidio a duras penas podía contener la tentación de lanzarse sobre la mujer, pero resistía estoicamente.
–Ahora tómate una ducha fría y vete a la librería –sugerió la mujer sonriendo burlonamente–, llegarás tarde si no te espabilas.
Clara salió rápidamente de la habitación dejando a Ovidio completamente desnudo y sofocado en la cama.
Un par de horas después, el escritor estaba en una céntrica librería de Barcelona firmando dedicatorias a sus lectores. El ritmo era frenético, de dos a tres firmas por minuto. Ovidio apenas tenía tiempo para departir con sus lectores, que pacientemente esperaban su turno para conseguir la preciada dedicatoria. Algunos admiradores obsequiaban al escritor con regalos de todo tipo: puntos de libro, fotografías de los lugares descritos por sus novelas, plumas estilográficas… e incluso una película amateur basada en una novela suya.
El escritor miró sorprendido, de hito en hito, a una joven que ahora, frente a él, le entregaba el libro en el que tenía que escribir su enésima dedicatoria. Boquiabierto, Ovidio escrutaba con asombro a aquella chica enjuta, de pelo lacio y tez enfermiza que le observaba inquisitivamente con unos enormes ojos verdes que parecían dos misteriosos túneles del tiempo en los que uno podía perderse sin remedio. No le resultaba desconocida la joven al escritor, le era extrañamente familiar, insólitamente próxima; tenía ante él la representación en carne y hueso del personaje principal de la novela que estaba escribiendo. Hacía sólo unos días que había descrito con detalle a la chica que, ahora para su sorpresa, le solicitaba una dedicatoria en aquella librería repleta de admiradores suyos.
–Soy una fiel lectora de sus obras Sr. Ovidio, me fascina –dijo la chica con un hilo de voz prácticamente inaudible.
–Eres muy amable ¿cómo te llamas? –el escritor tomó el libro que traía la joven para firmar la dedicatoria, aquel parecido tan extraordinario entre la muchacha y su personaje le tenía perplejo.
–Ágata –respondió la joven, reflejándose en sus verdes ojos una profusa luz de color blanco proveniente de los infinitos y profundos túneles del tiempo.
–No es posible… –balbuceó Ovidio sin dejar de escribir la dedicatoria.
–¿Cómo dice? ¿Se encuentra bien? –preguntó la chica flemáticamente.
–Er…Si te lo contara, no te lo creerías, a veces el azar es extraordinariamente caprichoso –respondió el escritor con la cara lívida–, aquí tienes el libro y mi dedicatoria.
–Gracias Sr. Ovidio, esto es para usted –la chica le entregó un paquete envuelto en papel de regalo.
–Eres muy amable, muchas gracias –respondió el escritor, observando los anillos verdes dibujados en el papel rojo que envolvía el paquete.
Ovidio dejó de contemplar aquéllos anillos alzando la vista, esperando ver de nuevo el rostro de Ágata, pero la chica ya no estaba allí, ahora un anciano de pelo blanco y de gafas oscuras le saludaba, entregándole otro libro. El escritor dejó el paquete de la misteriosa Ágata con los demás regalos y continuó con la tarea de complacer a sus lectores y admiradores durante toda la tarde sin dejar de pensar en aquella chica tan sorprendentemente parecida a la que describía en su nueva novela.
Llegó a su casa al filo de las dos de la madrugada. Había sido una jornada muy larga para él, después de complacer a sus lectores, asistió a una cena promovida por la editorial que había publicado sus últimos trabajos. El escritor había dejado todos los regalos en la librería excepto uno, el que le había entregado Ágata. En su fuero interno estaba convencido de que no volvería a verla, en realidad dudaba de haberla visto alguna vez.
Entró en silencio, sin encender la luz de la habitación, y se sentó en el borde de la cama donde yacía Clara bajo las sabanas: «ya estoy aquí, voy a trabajar un rato cariño», susurró a su mujer, acariciando el pelo rizado de ésta. «…No estés mucho rato Ovidio, es muy tarde…», respondió Clara con voz irregular, acariciando sin abrir los ojos, en la penumbra, el rostro del escritor.
Entró en el despacho y dejó sobre la mesa, bajo el cono de luz de la lámpara del escritorio, el regalo de Ágata. Sentado en la silla giratoria, Ovidio observó largamente, inmóvil, el paquete cuya imagen se reflejaba en los cristales de sus gafas. Tras unos minutos de contemplación y de meditación, lo abrió con sumo cuidado, sin romper el papel que envolvía el regalo. Un libro sin título apareció bajo el envoltorio. El escritor acarició sus tapas con delicadeza. Sólo con leer las primeras líneas cayó en la cuenta de que el libro continuaba en el mismo punto en el que él lo había dejado el día anterior. Presa de una gran excitación, leyó sin cesar toda la noche las hojas de aquel libro que contenía la historia que él mismo había esquematizado hacía unos meses pero en el que se cambiaba el destino del personaje principal, el de Ágata.
Eran ya las ocho de la mañana cuando cerró el libro. Estaba fascinado, la historia que acababa de leer era su novela pero con una Ágata totalmente diferente. Ovidio reflexionaba sobre el nuevo rumbo que tomaba el personaje, y le gustaba: era a su entender mucho mejor que lo que él había pensado para su novela. Observó el libro y lo volvió a abrir. Sorprendido y atónito, descubrió que las hojas estaban en blanco, el texto que acababa de leer había desaparecido. En aquel preciso momento decidió dar un nuevo rumbo a su novela, iba a cambiar el destino de Ágata.

Juan encontró una soga

Juan encontró una soga colgando del cielo.

Cerca a su casa en la pampa la vio colgando inmóvil y solitaria de la nada; Juan la veía de lejos y se acercaba, miraba hacia el cielo y buscaba un punto, un avión, un globo, tal vez un platillo volador, pero no veía nada.
La increíblemente larga soga subía y subía hasta perderse en las nubes de invierno, Juan la veía y se imaginaba que nadie en su vida le creería esto.
– Un niño tan solitario, se imagina cosas – diría su tía, al escuchar la historia de Juan -¡Deberías llevarlo al psiquiatra!- dictaminaría al final.

Entonces Juan corrió hasta su casa, hasta ver a su padre sentado en el viejo tronco que había en la puerta. -¡Hay una cuerda que cae del cielo!- Grito Juan.

Su padre lo miró en silencio, como si el idioma que hablaba Juan fuera algún extraño e inentendible dialecto. -¿Ya te lavaste las manos para el lonche?-

Juan odiaba que nadie lo tomara en serio, sin embargo ya estaba acostumbrado, siempre lo habían tratado como a un niño pequeño, aunque ya casi tenía diez años y en la pampa podía ir con su bicicleta donde quisiera.

-Padre tiene que verlo, es una cuerda inmensa la que encontré y no creo que pueda traerla solo a la casa.- Juan trataba de hablar en el idioma de su padre para que deje de mirarlo con ese gesto de desden que tan seguido usaba con el, -También tendrás que lavarte la cara, tu abuela detesta verte así todo sucio.- respondió su padre.

– Por favor, venga conmigo un instante padre. – suplicó Juan.

Pero fue inútil, a su padre le disgustaba que Juan le rogase jugar casi tanto como jugar en si, así que el niño decidió desaparecer nuevamente y corrió de nuevo hacia donde había encontrado la soga.

Y no se demoro mucho en encontrarla, ahí en mitad de la pampa, inmóvil, el viento soplaba pero la soga se mantenía firme, pero no tensa, solo quieta. Juan la miro por un instante y volvió a mirar al cielo buscando una explicación, pero igual no veía absolutamente nada, pensó entonces que hasta el momento no había tocado la soga así que decidió hacerlo para probar que aquello era real y no solo una visión, un espejismo, como los que tienen los viajeros perdidos en el desierto.

-Pero los viajeros ven agua – Pensó para si – no ven sogas colgando del cielo, al menos nunca he escuchado algún viajero que halla visto algo así- O tal vez si ven cosas así pero después se mueren de sed, total están en el desierto…

Juan miró de nuevo la soga y decidió acercarse; Por algún motivo sus pensamientos sobre viajeros muertos de sed abrazados a sogas le habían causado cierto temor a dar un paso adelante; después de pensarlo unos segundos y tomar una bocanada de aire dio un primer paso hacia adelante, luego dio otro, y otro mas, hasta estar apenas a un metro de distancia, entonces extendió el brazo y con la punta de sus dedos toco ligeramente la soga – Esta suave – Pensó.

No paso mucho para que Juan perdiese el temor inicial y se decidiese a jalar la soga, la tomó con sus dos manos y jaló fuertemente para abajo, y nada, la soga resistía toda su fuerza, entonces decidió colgarse, tomo impulso, se abrazo firmemente y salto hasta quedar prendido de la soga como un Tarzán de nueve años.

Juan recordó la historia del niño que con tres frijoles hizo crecer una enredadera inmensa en su patio que llego hasta el cielo y para luego trepar por ella y encontrar en la cima un castillo lleno de riquezas, ¿pero eran frijoles? los frijoles no dan enredaderas, que extraño cuento…

Los cuadernos del colegio de Juan estaban siempre llenos de notas de los maestros donde informaban que era un niño muy distraído que gustaba de soñar en plena clase, y ahora Juan les daba la razón a todos esos maestros, ¡Tenia ante sus ojos una mágica cuerda voladora y se ponía a pensar en cuentos de frijoles y viajeros sedientos! -Debo treparla, debo ver que es esto- Pensó entonces, y comenzó a subir por la soga.

No es tan fácil trepar sogas, después de un par de metros ya te duelen los hombros, apenas cuatro metros mas arriba sientes tirones en la espalda y las piernas se empiezan a resbalar, a los seis metros la altura ya te pone intranquilo y empiezas a arrepentirte; Para cuando Juan estaba a diez metros de altura ya le daba miedo continuar pero tampoco tenia el valor de soltarse, así que se quedo ahí, sin saber a donde ir, sus manos de niño estaban dolidas y sus brazos empezaron a entumecerse, entonces resolvió resbalarse suavemente hasta llegar al piso y traer a quien sea de la casa para que vea la soga con el, pero antes de siquiera mover un músculo, Juan sintió que la soga empezaba a ceder.

Se quedo quieto de nuevo esperando que la soga estuviera firme otra vez para resbalarse con tranquilidad, pero de pronto, !Pum¡ la soga cedió de un golpe, Juan grito y se aferro lo mas que pudo, cuando abrió los ojos, vio que seguía colgado, pero como un metro mas abajo y otra vez !Pum¡ la soga volvió a ceder y el volvió a gritar y cuando abrió los ojos otra vez la soga estaba mas abajo y de nuevo !Pum¡ una, dos, tres veces mas, y el seguía colgado mientras la soga iba cediendo poco a poco, entonces se detuvo; Juan ya estaba muy cerca al suelo sin embargo no quería soltarse aun, el susto lo había dejado inmóvil, de pronto oyó de muy arriba un !!!PUUUM¡¡¡ Y Juan cayó de un golpe al piso y la soga comenzó a caer sobre el pues al parecer al fin se había soltado de lo que sea que se estaba sosteniendo.

La soga caía y caía sobre Juan interminablemente, el se tapaba la cara con los brazos y piernas para que no lo lastimara, pero no podía levantarse, pasó mas de una hora y la soga aun no dejaba de caer formando un montículo en el que se estaba enredado; Juan movía sus brazos desesperadamente cuando sintió que la soga estaba totalmente mojada… cuando por fin logro escapar no paro de correr hasta su casa, donde la hora del lonche ya había pasado largamente.

Sus padres no quisieron escucharlo, Juan había llegado a casa cuando ya estaba oscuro y había empezado una ligera llovizna; Castigado, subió a su cuarto a ver la lluvia por la ventana, impotente de contar su asombrosa historia, al día siguiente se levanto temprano para volver al lugar, pero la lluvia no había cesado en toda la noche y la pampa estaba totalmente anegada, no lo dejaron salir, sus padres aun estaban enojados con el y sus mentiras acerca de una soga colgada en el aire los irritaba aun mas.

Después de tres días sin dejar de llover los padres de Juan decidieron cortar las vacaciones y volver a la ciudad; Juan ya no pudo volver al sitio de la soga, estaba vigilado por todos en la casa y todos a la vez estaban fastidiados por esa lluvia tan incesante. Era como si todos creyeran que el era el culpable de la lluvia…

En donde cayó la soga, la lluvia formó un lago; Con los años el lago trajo vegetación y la vegetación trajo animales y la pampa se convirtió en un valle; 70 años después el valle llamado “Valle La Cantilla” tiene el lago con mayor cantidad de Truchas en la región; La ultima vez que fui me entretuve en el lago con mis hijos, pescando truchas junto a varios pescadores aficionados y profesionales, pero algo llamó mi atención, de todos los botes en el lago había uno solo que no estaba pescando, en el había un anciano que contemplaba las frías aguas con cierta nostalgia, después de un largo rato de verlo mi curiosidad me obligó a acercarme a el y preguntarle que estaba buscando.

-Mi soga- Contestó.

Los pájaros de María Antonia

La ciénaga lucía majestuosa, tendida bajo un cielo colmado de estrellitas, reflejadas sobre aguas tranquilas, titilantes, amontonadas como noctilucas de cristal. El viento era suave y tibio, con pocos torbellinos que apenas movían los penachos de juncos y lotos emergentes de los regatos y recodos, de igual forma, los buchones dispersos, que flotaban sobre el agua como globitos verdes, parecidos a duendecillos inflados. La madrugada sin luna, oscura, parecía silenciosa al inicio, luego perturbada, por susurros de espíritus mañaneros. El alba, era pura como la ciénaga, como el alma del pueblo…
El amanecer estaba tenso, pesado como la desesperanza de los pobres, tristemente anunciado, por los últimos cantos de palomitas nocturnas, que se albergaban en los legendarios tacaloas, que daban a una esquina de la plaza, frente a la casa de María Antonia, quien sugestionada por sus lamentos, aseguraba que se trataba de la pavura de la muerte. Al instante, una ráfaga de aire frío penetraba las casas, que desde luego fueron invadidas por una bandada de pájaros negros, que irrumpieron de los mismos infiernos, emitiendo fuertes alaridos y un hedor que se esparció como éter, por todas partes, tan raros, que parecían el pelaje de la desgracia y la catadura de la mismísima muerte, tan destructores que en poco tiempo se cagaron todo, pisotearon la comida, dejaron sin pétalos a las rosas, saquearon las tumbas del cementerio, al tiempo que interrumpieron los cortejos y las ultimas copulas mañaneras.
Roto el crisol de ensueños, se difundieron por las estancias, tomándose los mejores árboles, rompiendo nidos, devorando huevos y polluelos, en poco tiempo, terminaron ahuyentando a los pájaros nativos. Al tanto, que sus primeras víctimas fueron los cándidos mochuelos de los “Montes de María” a quienes cortaron sus picos de maíz, las intrépidas pavas congonas que quitaron sus congas, al vanidoso Cardenal Guajiro lo despojaron de su mitra, al soberbio Rey de los Gallinazos destronaron, de esta forma, agraviaron a todos los pájaros del pueblo, que al inicio opusieron resistencia, fácilmente fueron sometidos, puesto que sus picos eran muy cortos, no estaban habituados a grandes batallas, aunque algunas veces peleaban entre ellos, nunca se hacían daño, cuando algún pájaro robaba un nido, solo recibía un castigo justo, de ningún modo, quitarle la vida. Sus roles no era la destrucción, sino más bien el cantar, el danzar y construir sus propios destinos, bajo el peso y el vaivén de la vida; diferentes a aquellos pájaros negros, que solían armados con mortíferos picos largos, tan raros, que cuando cantaban, centelleaban como ráfagas de fuego, de cortos vuelos, que a veces actuaban como muñecos de plomo, con pensamientos raros; sin embargo, según Maria Antonia, por instantes dejaban ver su corazón, parecían tener algo de sentimientos, que luego hacía olvidar su condición de pájaros descarriados, en instantes terminaban inmersos en inmensas lagunas mentales que borraban de sus recuerdos los lamentos, el boqueo y pataleo de sus victimas en momentos de la muerte; más bien, como niños hambrientos, alucinaban, una lluvia de caramelo, como jóvenes soñadores, construir una casa en el aire, como centauros majestuosos, cantar sobres las nubes con el jilguero, como “padres de la Patria”, ser ejemplo del pueblo y quizás, como María Antonia, algún día, cantar en el cielo…
En el transcurso de la noche fría, silenciosa y oscura, apareció en el pueblo otra bandada de pajarracos, copetones, acicalados y camuflados con plumajes aceitunos, con fuertes picos diamantinos, con ojos de luna llena, como búhos dorados, con garras penetrantes, similares en la forma de volar a los pájaros negros; pero distintos en pensamientos. En la misma noche, al final de la madrugada tempestuosa, volvió la guerra al pueblo, otra vez, estalló la contienda entre pájaros horrendos. Tanto fue el odio, como la ira con que pelearon, que en poco tiempo, cayeron millones por bandos, tantos fueron los muertos, que con su sangre derramada, la ciénaga y cielo amanecieron de carmesí. Fue la alborada más sangrienta en la historia de los pájaros, según memoria de María Antonia, más grande que el derrame de sangre de todos los dinosaurios, el día de su desgracia, tan grande como el odio heredado de la indiferencia en este país, tal vez, como la desesperanza de los pájaros caídos en desgracia por la guerra, enjaulados en las selvas, ni siquiera pueden volar ni cantar, porque sus picos están cerrados y sus alas cercenadas, heridos, como la misma patria…
La tarde se tornó gris, taciturna, sutilmente silenciosa, apenas interrumpida por los últimos aleteos y susurros de los pájaros que yacían mortalmente heridos, casi en brazos de la muerte, al tiempo que, una llovizna lavaba las manchas de sangre impregnadas en la vegetación y los techos de las casas, luego, repentinamente apareció el viento y con él, un manto de nubes negras, nuevamente, con la tempestad, reapareció el fuego. En ese instante, ambos grupos optaron como estrategia de guerra, alternar el fuego con una “lluvia de caca”, tan grande como la lluvia de verdad, que alcanzó una película de pulgada y media, por encima se formaron torrentes de sanguaza, por donde corrían despojos, que nuevamente invadieron la ciénaga de tan macabra pestilencia…
Al día siguiente, el sol amaneció radiante y tibio, estampando en los techos de las casas un tapiz pétreo, resultado de la aleación de mierda y sangre evaporada, que por momentos semejaban estancias coloniales. Mientras tanto, más allá del horizonte, arreciaban los combates, con ellos los horrores de la guerra entre pájaros, fue tanto el rencor, que María Antonia, por momentos pensó que se trataba de mutantes humanos, jamás podía entender, la razón de quitar el pico a los tucanes, para destrozar a sus propios hermanos, como si se tratara de árboles inservibles, saquear sus nidos y asesinar sus indefensos polluelos, desterrarlos de sus propios árboles donde guardaban sus pocas ilusiones, prohibirles sus bellos cantos que legaron de sus antepasados, así mismo, su rituales, sus cortejos y sus danzas, profanar sus tumbas, donde guardaban sus propios recuerdos, pero quizás, no les quitaron el alma, porque también, según María Antonia, el espíritu de los humildes tiene dueño…
Después de varios días de intensas luchas, con unos y otros ejércitos gastados, tal vez desilusionados por una contienda inútil y quizás pávidos por los fantasmas de sus víctimas, los que veían en las noches oscuras, a los que escuchaban en los atardeceres como cigarras impávidas, verlos dibujados como nubes de plomo en pleno día, entender en sus fúnebres cantos, la revelación de sus propias desgracias, nadar en sus lagrimas, en momentos, comprender su igual condición de pájaros, hasta olvidar por completo estar en guerra…
La mañana fue mágica, adornada con un sol radiante, parecido a un inmenso globo de oro, que emergía de las crestas de las montañas, con rayos resplandecientes, que resaltaban la cabellera de nieve de María Antonia, reflejada en las siluetas de palmares, que juntas se estremecían con el vaivén del viento. Ese día, según la misma María Antonia, algo inesperado iba ha suceder, pues bien, así ocurrió, en la misma tarde, nuevamente aparecieron los pájaros, pero esta vez, al unísono implorando un alto al fuego, que resonó por las montañas, por momentos dejó duda en las contiendas; pero esta vez, pudo más la razón que la desconfianza, así como el valor arrancado de sus propios recuerdos, del dolor dejado por heridas tan profundas y la sangre derramada por todos los pájaros aniquilados. Ese día, tal como lo predijo María Antonia, iniciaron los diálogos de paz…
Era una tarde de ensueños, apenas María Antonia preparaba la cena, cuando ocurrió tan anhelado encuentro, los pocos pájaros que quedaron, lograron un acuerdo, depusieron sus armas. Varios quedaron descolados, con sus picos partidos, ojos averiados, alas recortadas, con poca libertad para volar, con poca ilusión para cantar y con el corazón y el alma profundamente heridos. En la mañana, cuando apenas rayaba el día, aparecieron en la plaza, al lado del tronco de un legendario tacaloa que había sido talado, abrieron y batieron sus alas como un cortejo casi olvidado, entonaron el “amor-amor” del sinsonte, danzaron al ritmo del chagüí-chagüí y de la pava congona, ese día, en verdad, hicieron lo que ellos saben hacer, cantar, danzar, lucir sus penachos y plumajes de distintos colores, sin importar ser negros, blancos, amarillos, homosexuales, cola-hediondas, habaos, copetones, pobres, ricos, liberales, comunistas, conservadores, machos, hembras, viejos, jóvenes, ateos o creyentes, porque ellos, no conocen la indiferencia…
Ese mismo día volvieron a casa de María Antonia, la matrona quien los vio nacer y crecer, al llegar al patio de la vieja casa, se acordaron que antes de la guerra, en momentos de crisis, ella daba granitos de millo a los mochuelos, maíz a las torcazas, guardaba bayas y drupas a tángaras y azulejos, prestaba el jardín a tominejos, sus árboles de caracolí a los toches y oropéndolas, donde hacían sus mochileras, a veces alucinaba con los pájaros sobre su cabeza, comiendo sus propios piojos. Luego, nuevamente batieron sus alas, cantaron y danzaron sobre la estancia, al verla con su bata de tercio pelo rota, agraviada también por la guerra, por momentos navegaron en la incertidumbre, pero ella, con la misma dulzura de siempre, les sonrió diciéndoles _ya lo sabía, que hambre vieja no es pendeja, aquí tenían que volver_ todos ellos sintieron vergüenza, pero ella se adelantó insinuándoles _ no se preocupen, ahora todo es borrón y cuenta nueva…

El mágico suspiro

El sonido agudo del violonchelo, que Aleiza escuchaba, se acrecentaba a cada momento y parecía ir conforme a sus pensamientos. Aleiza se preguntaba si con un instante catastrófico como el que se escuchaba en el violonchelo podría salir la multiforme acumulación mórbida que habitaba en su cuello.
La extraña masa que sentía en sus entrañas era la aglomeración de sentimientos atrapados: estaba embrujada y su castigo era no poder pronunciar ni una sola palabra de su pena y ser incapaz de derramar lágrimas de cocodrilo, como las que acostumbraba derrochar por lo más insignificante.
Lo que provocó dicha situación fue la muerte de Oliver, su amante. Aleiza se enteró del descenso un miércoles de madrugada y al día siguiente acudió al entierro. Tenía que pasar desapercibida pero no lo consiguió Mayra, la esposa, la miró con sus ojos negros penetrantes y en ese momento poseyó todos sus pensamientos.
Desde entonces Aleiza permanecía día y noche encerrada en su cuarto. Era un cuarto simple pero lindo, en el que pasó los mejores momentos de romance con Oliver, estaba adornado con un hermoso papel tapiz blanco con acabados de tulipanes, un colchón rojo aterciopelado, un librero polvoriento y sus amadas y enormes chinchetas que tenía incrustadas en la pared del fondo del cuarto donde practicaba su papel de araña para su próxima presentación de danza.
Sólo podía pensar en deshacerse del animal que creía tener atorado en la garganta. Tenía el presentimiento de que en un instante súbito lo podía sacar. Tomó un vidrio que estaba en el suelo, cuando lo agarró el reflejo del sol la deslumbró y supo que lo que hacía era lo correcto.
Trepó chincheta tras chincheta hasta llegar al lado superior izquierdo de la pared, quedó en cuclillas entre dos chinchetas y perforó su cuello con el vidrio, chorros de sangre salían de forma precipitada y un coagulo enorme calló al suelo, retorciéndose como gusano.
Por fin en su último suspiro las compuertas del llanto se abrieron, una lagrima enorme y cristalina rodó lentamente por su mejilla y el animal postrado en el suelo también desfalleció.

Ilógicamente Atrapado

Bajé la ventanilla y el aire fresco de la noche entró en el interior del coche que, lentamente, ascendía por una angosta y tortuosa carretera. Después de recorrer innumerables curvas y de franquear varios viaductos, apareció la boca de un túnel que atravesaba las entrañas del impresionante macizo montañoso que, iluminado por una brillante y plateada luna llena, se alzaba solemnemente frente a mí.
El túnel era una obra reciente y, según una señal informativa, su longitud era de cinco kilómetros, por lo que estimé que no tardaría más de tres minutos en pasarlo. El interior estaba bien ventilado, iluminado y señalizado. Unas franjas reflectantes flanqueaban ambos lados de la calzada, dándome la sensación de que me encontraba en una pista de aterrizaje. A través del parabrisas manchado por numerosos mosquitos que se habían estrellado en él, contemplaba, cada cierto tiempo, un poste de SOS acompañado por una puerta de emergencia.
Se me estaba haciendo excesivamente largo cruzar el túnel. Un leve azoramiento me invadió inexplicablemente. Miré el reloj digital del salpicadero y me fijé en la hora; eran algo más de las doce de la madrugada. Luego dirigí la vista hacia el cuentakilómetros: «doscientos mil kilómetros.»
Observé de nuevo la hora; habían pasado nada más y nada menos que cinco minutos y todavía seguía en el túnel. El nerviosismo recorrió mi cuerpo y pisé el acelerador. Iba a cien por hora y, para mi desesperación, la salida de aquel corredor subterráneo no quería llegar. Algo más me alarmó; desde que entré en el túnel, no había visto ningún vehículo.
Pasaron diez minutos más, y seguía atrapado bajo la montaña, en aquel pasillo subterráneo. A más de cien kilómetros por hora, el poste de SOS y la puerta de emergencia se repetían ante mi perpleja y asustada mirada. Los minutos pasaban y mi desesperación iba en aumento, no lograba llegar al final del túnel. Llevaba así más de media hora, cuando me percaté de que el cuentakilómetros seguía anclado en los «doscientos mil kilómetros.» A causa del nerviosismo, perdí la noción del tiempo, me di cuenta de que no podía seguir conduciendo, por lo que detuve el coche junto a un poste de SOS con la intención de pedir auxilio.
Asiendo el auricular junto a mí oído, con la mirada perdida en el oscuro asfalto, pude comprobar la inutilidad de mi intento, nadie respondía a mí llamada de socorro, el más absoluto y fantasmal silencio era lo único que lograba obtener de aquel artilugio. Al comprobar que el poste de SOS no funcionaba, abrí la pesada puerta metálica de emergencia y la franqueé, con la esperanza de encontrar una salida que me llevara al exterior. Una estrecha, pina y sucia escalera, iluminada por unas mortecinas lámparas que colgaban de las paredes, ascendía en espiral, sin que pudiera ver el final de ésta. Cuando puse el pie sobre el primer escalón, un inesperado golpe seco a mis espaldas me hizo estremecer, me volví, y, con un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo, contemplé como la puerta de emergencia se había cerrado. Intenté abrirla, pero mi esfuerzo fue en vano, me resultó imposible. Mis manos temblaron y un sudor frío empapó mi espalda. Me dirigí de nuevo a la escalera y la observé largamente hasta que, pese al agarrotamiento que sufrían mis piernas por el miedo, me decidí a ascenderla lentamente.
Mi respiración entrecortada y mis pasos inseguros era lo único que lograba escuchar mientras ascendía aquella escalera que parecía no tener fin. Mi figura deformada se dibujaba, en forma de sombra vacilante, sobre los escalones de piedra que, uno tras otro, iba dejando atrás. Pero por cada escalón que avanzaba, frente a mí aparecía otro que, tenaz y desafiante me aguardaba. A medida de que iba pasando el tiempo me costaba más respirar, perdía las fuerzas rápidamente, y el miedo que invadía todo mi ser se iba transformando, inexorablemente, en un cansancio cada vez más intenso.
Me detuve y me senté en uno de los fríos y pétreos escalones, me llevé las manos a la cabeza y las lágrimas empezaron a brotar sin remedio. Estaba fatigado, cansado, derrotado, hundido… Aquel rosario de interminables escalones de piedra me estaban martirizando de tal forma que pensé que perecería allí mismo y que un día alguien encontraría mi cadáver, bajo la luz lánguida que iluminaba la escalera.
Mis funestos pensamientos fueron interrumpidos por un sonido que llegó a mis oídos. Alcé la vista y volví a escuchar con atención; parecía proceder de arriba, era el murmuro de automóviles que iban y venían, estaba seguro. Me levanté como impulsado por un resorte, y desesperadamente, subí los escalones con las pocas fuerzas que me quedaban. Llegué a un pequeño rellano en el que únicamente había una puerta con un cartel luminoso en el que se podía leer: «200.000 Kms.» Me quedé un buen rato, inmóvil como una estatua, observando sin pestañear, el cartel luminoso que marcaba la misma cifra que el cuentakilómetros de mi coche. ¿Qué estaba pasando? ¿Quién o qué podía haber ideado una cosa así? No encontraba una respuesta lógica a mis preguntas. Lo único que deseaba era salir de allí.
Abrí la puerta y me encontré de nuevo con mi coche aparcado junto al poste de SOS. Sin apenas poderme sostener en pie, me metí en el vehículo. Una vez dentro, contemplé el ir y venir de los coches que circulaban, con toda normalidad, por el túnel. Con las manos temblando por el nerviosismo que me embargaba, cogí una botella de agua de la guantera y empecé a beber; estaba sediento, asustado y ofuscado. Después de vaciar la botella, comí vorazmente las galletas que llevaba en el coche, sin dejar de pensar en lo sucedido. Por fin, al cabo de unos minutos, empecé a sosegarme un poco.
Cuando me sentí con fuerzas para emprender la marcha, arranqué el motor, y al encender las luces, me quedé con la vista fija en el cuentakilómetros; indicaba «doscientos un mil kilómetros.» Con el motor en marcha y las manos aferrando reciamente el volante, no podía apartar la mirada del marcador de kilometraje. Todo me parecía demasiado irreal y extraño. Sentí nauseas, abrí la puerta y vomité sobre el negro asfalto iluminado esporádicamente por los faros de los coches que circulaban por el túnel.
Cerré de nuevo la puerta del vehículo y me puse en marcha. Tomé velocidad, quería salir cuanto antes de allí. Miré el cuentakilómetros y comprobé que el marcaje se iba incrementando; uno, dos, tres… Por fin llegó el quinto kilómetro y apareció la salida del túnel. Grité de alegría, dejando atrás la ratonera subterránea. Presa de una gran excitación, frené en el arcén y salí para respirar el aire fresco de la noche. ¡Me sentía liberado! ¡Todo había sido como un mal sueño!
Volví al coche con una profunda sensación de alivio y me puse en marcha. Ahora la carretera apenas tenía curvas y transcurría por una zona llana, flanqueada por desvíos a pequeños pueblos y por abruptas montañas. La luna plateada sostenida en la cúpula celeste, era una muda espectadora de aquellos parajes montañosos y agrestes. Encendí la radio y puse música para relajarme un poco, quería distraerme y no pensar más en lo sucedido.
Las rectas fueron sustituidas por nuevas cuervas y la ascensión volvió a ser la protagonista. Puse segunda y pulsé el botón del elevalunas para subir el cristal de la ventanilla, el frío de la noche empezaba a ser intenso. Rebasé una curva y, sin previo aviso, apareció un túnel que parecía esperar mi llegada. Frené bruscamente y detuve el coche frente a la boca del nuevo túnel que, indolente y hambriento, aguardaba digerir, quizás, un incauto manjar. No, no podía arriesgarme. No quería volver a pasar por lo mismo una vez más. Metido en el coche, pasé la noche en vela, intentando encontrar una solución a mí problema.
A la mañana siguiente tomé una decisión que cambió mi vida. No he vuelto a pasar por un túnel, ahora vivo atrapado en un valle comunicado por dos corredores subterráneos. Resolví quedarme en uno de los pueblos de dicho valle. Cuando me preguntan por qué no quiero pasar por un túnel, intento explicar el motivo, pero me toman por un chiflado. De todas formas, que me tomen por un loco no me preocupa demasiado. Prefiero eso a tener que introducirme en las fauces pétreas de un túnel. Seguramente quien lea esto, pensará que estoy mal de la cabeza, es lo más probable y lo entiendo, claro que sí. Pero quisiera dar un consejo a aquellos que deseen recibirlo; antes de entrar en un túnel, es preferible comprobar el cuentakilómetros, si marca «doscientos mil kilómetros,» daría media vuelta y, después de recorrer unos cuantos kilómetros, me introduciría en él –si fuera estrictamente necesario.